Homenaje a Matilde de Sabato

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Matilde Kusminsky Richter nació en 1918. De familia judía. Hizo sus estudios en la Universidad de la Plata y conoció a Ernesto Sabato, en 1933 en casa de Hilda Schiller, hija del geólogo Walter Schiller, en donde Sabato daba un curso sobre marxismo. Matilde cursaba ingeniería y era amiga de Hilda.

Ernesto dice que fue un caso de amor a primera vista. Matilde lo recuerda así:

"Fue todo bastante complejo. Se combinaron muchas cosas. Era un momento de cambios cruciales en mi vida, un momento en el que se mezclaba el amor que despertaba en mí un ser tan personal, de una inteligencia que me había encandilado y que al mismo tiempo me conmovía por su apasionada sensibilidad y las ansias de remediar males ancestrales."

(Matilde K. Richter en: Julia Constenla, "Sabato, el hombre").

En 1936 se casa con Ernesto, con autorización de un juez de menores.

En 1938 nace Jorge Federico, su primer hijo. Este mismo año viaja con su esposo a París. Al año siguiente regresa con s hijo a La Plata y viven en la casa de su suegra.

En 1945 nacé Mario, su segundo hijo.

El 21 de Diciembre de 1990, en su casa de Santos Lugares, Ernesto y Matilde se casaron por iglesia. Oficiaron esta "ceremonia secreta", Monseñor Justo Laguna y Monseñor Jorge Casaretto.

En 1992, respondiendo al pedido de su familia y amigos Matilde de Sabato, publica "Cenizas y plegarias", poemas y "El conjuro", relatos, en Torres Agüero Editor.

El 30 de Septiembre de 1998 muere en Buenos Aires.

 

"Reposaré ante la mirada de los otros,

en un cajón de madera.

Una cruz

desdeñada por mis antepasados,

me amparará.

Pero, en el supremo instante,

¿cómo será mi voz:

un resignado murmullo,

o un aullido?

Dios,

¡haz que mantenga altiva y serena mi alma

en su frágil territorio!"

Matilde Kusminsky Richter, "Cenizas y plegarias"

 

 

Un hombre, una mujer,

un amor fragmentado

y el dolor,

habitando los silencios.

Matilde Kusminsky Richter, "Cenizas y plegarias"

 

 

Es dificil vivir

en este estar solo no estándolo:

el dolor de los demás nos acompaña.

Y cuando por el amor o la amistad,

la vida es un milagro compartido,

el ajeno dolor

echa sombras en el corazón.

Entonces,

nada importa:

ni lo ya padecido,

ni el desgarramiento de ignorar

el día de la propia muerte.

Sólo cuentan

los gritos en los ojos de los otros.

Matilde Kusminsky Richter, "Cenizas y plegarias"

 

 

Llegará el día y habrá que aceptarlo.

y aunque el corazón se acurruque en el pecho,

como un pájaro enfermo,

habrá que aceptarlo.

Sólo falta saber quién de los dos

quedará sin oír la respiración del otro,

huérfano del lenguaje difrado

de la otra mirada.

Quién de los dos

quedará en el vacío de las sombras,

sin el latente custodio de su cuerpo.

Quién sufrira la alejada presencia

llenando el vacío de los cuartos.

Matilde Kusminsky Richter, "Cenizas y plegarias"

 

 

 

 

El Conjuro

A las mujeres que estaban conmigo, el chileno, con su capa española y sus movimienntos felinos, les pareció muy atrayente. Yo advertí enseguida que era un poderoso pájaro con alas plegadas. Todo se transformó para mí.

Me encontré en una gran plaza. No, m equivoco, eran anchísimas veredas con sus calles dispuestas en forma de círculos. La ausencia de árboles quizá contribuía a esa sensación de inmensidad. El cielo, además, se había ensombrecido y yo sentía mi corazón pesado ante la soledad y el silencio. Miré para todos lados buscando a alguien, alguien que me quitase esa sensación de muerte y desolación, cuando sentí volar sobre mí un enorme pájaro. Era de n color intesamente negro pero de cabeza y pico grisáceo. Estaba tan cerca de mí que sentí el batir de sus alas y me pareció que emitía una especie de silbido que me sobrecogió. Venciendo mi miedo, lo espanté, agitando mis brazos y el pájaro se alejó.

Temlando, continué mi camino como si siguiese huellas marcadas en el pavimento, hasta que vi, en una curva de la gran vereda, a otro enorme pájaro, de mi misma altura, de plumaje rojo y pico negro. Me sentíirremediablemente atraída hacia él y sin embargo, también quería espantarlo, lo que me pareció fácil, dado mi éxito anterior y al estar ahora poseída de una febril annsiedad. me acerqué. El pájaro volvió la cabeza y me miró a los ojos. Su mirada me era conocida, y sentí que quería agarrarme. El terror me paralizó. Un grito angustioso surgió de mi garganta. Cuando reaccioné, el pájaro ya no estaba.

Entonces, otra vez me encontré entre las mujeres que reían y bromeaban. El chileno de la capa me tomó de los brazos como sosteniéndome y me susurró al oído:

-Ya sabía que eras de los nuestros.

Matilde Kusminsky Richter, "El conjuro "